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7/9/10

Mudanza y pasado

Javier se había mudado al lado de mi casa. Para acceder a su casa, bastaba con abrir una puertita pequeña que había en mi living, escondida detrás de una silla, cuya llave yo tenía.

Entonces yo entraba a su casa y la luz era un poco como en la casa de mi abuela. Veía facebook a través de una tele que tenía él arriba de una mesita, y veía que un conocido mío había subido fotos de mi hermano cuando era chiquito que no había visto nunca.

También veía un video de mi hermano muy pequeño, trepado al aguaribay del fondo de mi jardín, jugando a que se estaba escondiendo de alguien (los piratas, o algo así). En el video, cuando mi hermano quería bajar por una escalera apoyada en el árbol y en el galpón del fondo de casa, pisaba mal y caía boca abajo por la escalera. Y lloraba.

Volvía a casa por la puertita y hablaba con mi mamá para contarle. Cruzábamos a la casa de Javi y hablábamos un rato con él (mi mamá estaba sorprendida de que ahora fuéramos vecinos de Javier).

Yo ponía de nuevo el facebook en la tele y volvía a ver todas las fotos y el video entero, todo exactamente igual a antes.

6/10/10

En búsqueda de la lata perfecta

Estaba en una plaza con bares y negocios con unas amigas. Pasaba mucha gente. Había una pizarra que tenía direcciones de Facebook de adolescentes que quería hacer amigos.
Había un puesto muy grande que vendía peluches y cajas. Yo quería una linda latita de metal para hacerme una atari punk console. Les pedí a mis amigas que esperaran un poquito y le pregunté al señor del negocio por unas cajitas de metal que me gustaron, pero cuando me las mostró resultaron ser de cartón forradas en bellos papeles.
Le pregunté si no tenía de metal y le indiqué el tamaño, y me invitó a ingresar al negocio para buscar una juntos.
El hombre abrió una puertita en el fondo del negocio. Nos metimos y pasamos de la luz blanca y los paneles de aglomerado a la oscuridad de un gran vestíbulo vacío y con paredes de piedra.
El hombre, que cada minuto devenía un poco más en personaje mitológico, me llevó por laberínticas habitaciones y pasadizos. Esquivamos grandes telarañas e iluminamos ratas gigantes con nuestras linternas. Para acceder a un pasillo minúsculo tenía que arrastrarme por grasa, pero le dije al señor/duende que tenía puesta una pollera que me gustaba mucho y que no me la quería ensuciar. Me hizo acordar que en mi bolsillo tenía un látigo mágico con el que podía volar por sobre la grasa.
Recorrí el resto del camino volando por sobre los obstáculos.