2/2/12
¿Fibonacci?
11/16/10
Inquietud
Yo estaba en mi casa, que todavía estaba en construcción. En el hall de entrada había un armario grande, antiguo y feo. Valeria estaba planeando prenderlo fuego durante la noche, y que el fuego se contagiara para prender fuego toda la casa.
Había algo de bueno en prender fuego la casa. Tal vez había que exorcizarla o destruirla para construir una nueva. Como fuere, el plan era un secreto entre ella y yo y me dejaba muy inquieta. Tenía miedo del fuego y también de que nos descubrieran.
Valeria estaba haciendo pruebas con querosén: tiraba chorritos de líquido al piso y los encendía con fósforos. Miraba el armario y calculaba la manera más eficiente de prenderlo fuego.
Llegó Santiago y me dijo que teníamos que cruzar, esa misma noche, a la casa de enfrente, que estaba abandonada y embrujada. Era imprescindible hacerlo, por alguna razón. También era secreto y nadie tenía que descubrirlos; mientras estuviéramos en la casa embrujada se desataría el incendio. Tenía miedo pero le dije que fuéramos, porque a la vez tenía curiosidad y porque tenía ganas de ir con él.
Mientras esperábamos que terminara de atardecer y de oscurecerse la calle, intercambiamos palabras y pensamientos acerca de un concierto con Ernesto, en una habitación oscura y con luz azul, con instrumentos guardados en sus estuches.
10/19/10
Una pesadilla
Estaba durmiendo. Me desperté por los gritos de Javier, que dormía al lado mío. Decía que había estornudado y se le había salido la cara.
Todo en la habitación era oscuridad de trasnoche, menos su cabeza, que estaba iluminada de manera frontal y muy fuerte.
Javier me pedía desesperado que lo ayudara, al borde del llanto. Su piel se había despegado de los músculos, huesos y cartílagos, y estaba encogida y arrugada, como un globo desinflado.
Yo temía que el accidente tuviera consecuencias perpetuas y sabía que él estaba pensando exactamente lo mismo. Los agujeros en la piel que correspondían a los ojos, las fosas nasales y la boca estaban corridos de sus lugares originales y yo trataba de ajustarlos con mis dedos.
Cada tanto, Javier lanzaba grititos agudos de desesperación. Escuchamos que su madre, que dormía en la habitación de al lado, se había despertado y se levantaba para ver qué estaba ocurriendo (escuchábamos los sonidos de cosas que se corrían de lugar y pasos sobre el piso de madera).
Yo agarraba la piel con las manos y, estirándola, trataba de encajarla en los maxilares y la pera para que se quedara agarrada a la cabeza, intentando también que los agujeros en la piel coincidieran con los ojos, la nariz y la boca.
Finalmente logré encajar la piel en el rostro. Javier y yo suspiramos aliviados y avisamos a su madre que no había pasado nada.
8/26/10
Amante, libros, perfume
Un perro de peluche que suele estar en mi cama o por algún lado de mi habitación está hechizado y se convierte en hombre. Como me ha visto todos los días durante años desde su condición de objeto en mi cuarto soy la única mujer que conoce y se ha enamorado de mí.
Se convierte en mi amante secreto. Su manera de demostrar su afecto es mordisquearme los codos. No nos besamos, porque supongo que no se le ocurre (es un inexperto, es la primera vez que se convierte en hombre) y decido dejar eso para más adelante. Tampoco sabe hablar, pero de alguna manera me hace entender que soy lo más importante en su vida. Cuando parece que se acerca alguien, mi amante se convierte de nuevo en juguete de peluche.
Me estoy mudando sola por primera vez. Hay cosas que dejaron los inquilinos anteriores, y hace poco fue mi cumpleaños: lo primero que desempaco son los regalos que recibí. Entre ellos hay muchos libros que no me interesan y un montón de perfumes que todavía no olí.
Estoy acomodando las cosas en los estantes. A algunos de esos los puse yo, y otros quedaron de los inquilinos anteriores. Encuentro un montón de libros que dejaron: hay algunos títulos que me gustaría leer, pero voy a tirar la mayoría.
Mientras acomodo las cosas me habla mi novio, que en ese momento es mi último ex novio. Me habla de cosas que no me importan y me irrita su voz y el hecho de que todo el tiempo me pida su opinión sobre nimiedades. Me habla desde el único sofá que hay en el departamento mientras hago todo el trabajo sola. Pienso en mi amante y, mientras los acomodo, en que quiero probar todos los perfumes y elegir uno que sea mi favorito.
8/16/10
De viaje
Había viajado nuevamente a Bolivia, sola como la vez anterior, pero esta vez para recorrer el país. Volvía a probar las mismas comidas y me sentía segura desplazándome en el lugar porque conocía las costumbres bolivianas. Estaba de paso por Cochabamba y en unos días iba a salir para La Paz.
De repente había pasado el tiempo y me encontraba con mi novio en el viaje, quien me reprochaba el haberme ido sola por Latinoamérica. Yo le respondo “pero ya estamos en Los Ángeles, en Estados Unidos”. Estamos parados al costado de un mirador: miramos por el abismo y vemos las montañas. Descubro una casa de té gigante en una cima, pero pienso que no voy a tener plata para tomar un té allí.
Tenemos que dirigirnos a nuestro hospedaje que queda en el centro de la ciudad que está en el valle, así que empezamos a bajar del mirador por unas escaleras. Comienza a llover y me pongo de malhumor porque no quiero mojarme. Nos acomodamos en un agujero en la montaña para no mojarnos y esperar que pase el chubasco. Javier mira por afuera del agujero y se alarma: una ola gigante de agua de río y barro se dirige hacia donde estamos nosotros. Nos quedamos en el hueco en la montaña y vemos pasar el agua, y no nos afecta nada. Una vez que pasó el agua, vemos que viene otra ola, pero esta vez más grande. Estamos a salvo, pero también estamos atrapados y vemos que las cosas se ponen peor.
8/1/10
Intento de robo
Estaba viajando en el 182 que pasa cerca de mi casa, rumbo al centro de San Miguel pero, aunque las calles eran las mismas que conozco de toda la vida, yo estaba muy lejos, en alguna ciudad europea. Lorraine era mi compañera de asiento y veníamos charlando.
Suben cuatro hombres al colectivo y comienzan a pedirnos dinero, carteras y bolsos. Yo no quería darles mi mochila porque me había olvidado de sacar un montón de plata que tenía en un bolsillo. Justo cuando no me miran, saco un fajo de billetes del bolsillo y me lo guardo en el pantalón. Uno de los ladrones se acerca a mí y me pide la mochila, abre el bolsillo y saca un montón de billetes de $100, sorprendido. Me enojo, le arrebato la mochila porque necesitaba mucho esa plata (era la única que tenía) y le ordeno que no me saque tanta plata. El tipo me grita pidiéndome la plata; yo me paro y agresivamente y gritándole (como retándolo) le digo que si quiere le doy $100, pero que no me pida más. Los otros ladrones se bajan del colectivo, el robo está terminando; el ladrón no agarra los $100 pesos que le ofrezco porque lo asusta mi prepotencia y se baja del colectivo.
Me siento junto a mi amiga de nuevo, refunfuñando por haber tenido que lidiar con el ladrón, y ella me dice “no querés venir a mi casa hoy? Si querés te podés quedar a dormir.”
Yo digo que sí.
7/10/10
Casa nueva
Me despertaba en una cama muy cómoda con un cubrecama muy acolchonado. La habitación estaba casi vacía y era muy blanca, amplia y luminosa. Había alquilado una habitación en un departamento compartido. El departamento era muy grande y tenía muchos rincones para sentarse a pensar. Era todo blanco, lindo, plácido y lento.
Me venían a visitar amigos y me decían “qué linda es tu nueva casa”. Y yo les mostraba las habitaciones y las plantas y los gatos que vivían en la casa, y abría las cortinas.
Les explicaba que era el mismo departamento en el que nos habíamos hospedado en Montevideo pero que las obras habían terminado y había quedado más grande y más luminoso, y que se podían volver a usar las habitaciones que estaban cerradas durante la obra.
7/9/10
Mudanza y pasado
Javier se había mudado al lado de mi casa. Para acceder a su casa, bastaba con abrir una puertita pequeña que había en mi living, escondida detrás de una silla, cuya llave yo tenía.
Entonces yo entraba a su casa y la luz era un poco como en la casa de mi abuela. Veía facebook a través de una tele que tenía él arriba de una mesita, y veía que un conocido mío había subido fotos de mi hermano cuando era chiquito que no había visto nunca.
También veía un video de mi hermano muy pequeño, trepado al aguaribay del fondo de mi jardín, jugando a que se estaba escondiendo de alguien (los piratas, o algo así). En el video, cuando mi hermano quería bajar por una escalera apoyada en el árbol y en el galpón del fondo de casa, pisaba mal y caía boca abajo por la escalera. Y lloraba.
Volvía a casa por la puertita y hablaba con mi mamá para contarle. Cruzábamos a la casa de Javi y hablábamos un rato con él (mi mamá estaba sorprendida de que ahora fuéramos vecinos de Javier).
Yo ponía de nuevo el facebook en la tele y volvía a ver todas las fotos y el video entero, todo exactamente igual a antes.
7/6/10
Retorno a Venecia
Estaba yendo a la casa de Javier por otro camino. De repente descubrí un pasaje que conocía. Era un pasaje veneciano, con agua y vaporettos, y esos típicos edificios antiguos! El hallazgo era genial porque tenía que volver a trabajar en Venecia y tenía que volver a mudarme a esa ciudad.
Tras un tiempo, finalmente comenzó mi segunda estadía en Venecia. Me quedaba en la casa de Javier durante el mes que duraría el trabajo. Estaba contenta porque ahorrarme el alquiler me permitía ahorrar plata, y porque también me había ahorrado el pasaje aéreo. Él estaba muy ocupado: pasaba los días afuera de su casa y a veces no volvía por varios días. Yo me esforzaba en mantener la casa limpia y en que hubiera buena comida para cuando él volviera.
Un día, después de salir de trabajar, me dirigí a un mueble de lockers que había en la calle veneciana, saqué mi llave y abrí mi casillero. Adentro habían muchas frascos con conservas deliciosas: salmón, camarones, tomates secos… había también quesos y aceitunas. Agarré los mejores frascos para llevar a la casa y comer con Javier. De repente, escuché las voces de un grupo de muchachos que me gritaban porque querían comerse mis conservas. Me insultaban aludiendo a mis “privilegios” por tener esos frascos caros. A mí me parecía una tontería lo que decían porque mi situación financiera era bastante mala, y los invité a comer con nosotros para que probaran las conservas. Eso los tranquilizó y se mostraron agradecidos.
6/29/10
El chico holograma
Mi amiga Clemen me había invitado a ver a su nuevo novio, que tocaba música experimental. Yo no había oído nunca sobre él como músico y desconfiaba de la calidad del concierto. Además, el lugar quedaba lejos de casa. Fui igual para apoyar a mi amiga.
El concierto se sucedía en una terraza, sobre la membrana plateada. Los músicos tocaban sus instrumentos electrónicos sobre una mesita, parados, y el público los rodeaba parado, también.
El concierto estaba buenísimo y me puse muy contenta de haber ido y orgullosa del novio de mi amiga. Un chico se me puso a hablar: era el clon efímero de otro chico que no había ido al recital, un clon que duraría tres horas. Un holograma.
El chico holograma dijo que estaba enamorado de mí, pero a mí no me interesaba y estaba más preocupada por irme. Tenía que tomar el 57 y ya era la una y diez de la mañana. Le dije al chico holograma si no quería usar una de las pocas horas que le quedaban antes de desvanecerse para acompañarme a tomar el colectivo, porque es un colectivo que a la madrugada tiene muy poca frecuencia.
6/25/10
Mudanza inesperada y luna llena
Estaba haciendo una gira o una residencia por Montevideo –aunque había más colores en la ciudad y una gran playa. Durante el día me reunía con músicos y artistas para armar proyectos. Vivía transitoriamente en la habitación de la casa de dos gays que eran pareja: uno de ellos pasaba ampliamente los treinta años y era musculoso, grandote, barbudo y extrovertido; el otro tenía veinte años, era flaco, muy blanco, lampiño y delicado, y le gustaba leer y escribir poesía.
La habitación era igual a mi habitación cuando era chica: la misma cama en litera, los mismos acolchados y sábanas, la misma disposición de muebles, la misma lámpara de globo.
A medida que pasaban los días me iba dando cuenta de que el más viejo de los dos estaba un poco loco y maltrataba al más joven, del cual me estaba haciendo amiga.
De a poco, comencé a hablar con mi nuevo amigo para que tuviera cuidado del más viejo.
Un día me desperté y el hombre musculoso estaba totalmente desnudo, saltando sobre mi cama y gritando. Cuando me vio despierta tomó su miembro e hizo pis sobre mi cara mientras saltaba. Luego me abrazó y me dijo “ahora que estás cubierta de pis estoy enamorado de vos”.
El joven vio toda la escena. Él y yo estábamos enojados y cansados de la conducta del hombre. Decidimos buscar otro lugar donde vivir e irnos juntos.
Mientras hablábamos de eso, mi habitación y la suya se desprendieron del resto de la casa con un gran estruendo y comenzaron a deslizarse por la arena con nosotros adentro. Las habitaciones se desplazaron un buen rato, hasta que se detuvieron.
De repente, Laura estaba con nosotros, las habitaciones eran tres y la nueva casa era de mimbre y madera. Estaba muy muy cerca del mar. Tan cerca que, en un rato, creció la marea y una gran ola la depositó más atrás en la playa. Ya estaba, ese era el lugar definitivo.
Entraba frío por las ventanas y puertas, pero teníamos abrigo y estábamos contentos, así que no nos importaba. Contentos, salimos de la casa y miramos la luna llena. La luna se desprendió del cielo y se convirtió en papel; vino volando hacia nosotros y nosotros la atrapamos. La conservó Laura, porque era su cumpleaños, y la usamos como bandera para decorar la casa.
Tristeza
Era un videoclip de una canción de Nirvana pero con el sonido de Foo Fighters y cantada por mí de una manera muy lenta y triste. El estribillo repetía “What have I said?”.
Las imágenes estaban en sepia y estaban filmadas en un bosque. Por instante eran violentas y por instantes se veía a un hombre que simplemente miraba a la cámara, inerte y triste.
Era el fin de algo.
6/22/10
Buenos Aires-Nueva York
Javier y yo caminábamos juntos por Avenida Santa Fe, pasando por la estación Palermo del Ferrocarril San Martín. Era de día, hacía mucho frío y todo se veía muy blanco porque estaba nublado.
Javier me dijo: “Ahora que hace tanto frío me acordé del frío que hacía en Nueva York cuando fui. Nevaba y nunca había sentido tanto frío en mi vida.”
Su cara muy seria me hizo pensar que no le había gustado ese frío. Le pregunté, un poco triste: “Entonces no quisieras venir conmigo a Nueva York, no?”.
Él respondió que sí, porque ese clima gélido era su favorito. Y me besó.
Y nos abrazamos sentados en un banco en la calle, mientras mirábamos cómo Palermo se transformaba en Central Park.
6/16/10
Un concierto en la casa de Alex
Tenía un libro-disco en la mano. Era un disco de Alex. Lo estábamos escuchando. Era hermoso y tenía un título muy serio que refería a que el disco era un estudio que se contraponía a algún movimiento musical del siglo XX (algo así como “Refutación del postatonalismo”, pero no era eso: las palabras exactas se me borraron). Estábamos muy orgullosos del disco de Alex.
Estábamos preparando un concierto para íntimos en una de las habitaciones, y todos estaban esperando a que llegara un flete con un teclado de juguete. El teclado de juguete era mío y yo abriría el concierto, pero el concierto de los demás también dependía de mi instrumento ya que lo iban a usar varios músicos.
Mientras esperaba, pensaba que no había preparado nada para el concierto. “Puedo improvisar”, pensaba, “pero qué tanto puedo improvisar con un tecladito de juguete?”. Estaba muy preocupada.
6/14/10
Suicidio asistido
Mi casa tenía el primer piso en construcción. Mi habitación no tenía paredes: sólo el piso y el techo, y las vigas de las esquinas. Mi colchón desnudo era la plataforma desde donde veía el jardín, las otras casas y desde donde podía ser observada por los vecinos.
Mis padres nos anunciaron a mi hermano y a mí que nos habían ingresado a un programa de suicidio asistido a los cuatro integrantes del núcleo familiar y que nos quedaba un mes de vida antes de ir a la clínica que proporcionaba el servicio, en donde nos matarían por medio de inyectarnos un líquido venenoso en la sangre. Ellos habían decidido y firmado un contrato por nosotros.
Me junté con dos compañeras del secundario a hablar sobre ropa y cosas superficiales. Todo era puro palabrerío, y yo no podía dejar de pensar en la decisión de mis padres.
Luego me reuní con otra amiga del secundario, a quien le conté del servicio de suicidio asistido. Ella me dijo, como si estuviera contando una banalidad, que ella también había contratado ese servicio y que su muerte estaba planeada para dos días después. Me contó también que estaba saliendo con un chico hacía poco tiempo, y que al día siguiente conocería a su madre, por lo que estaba contenta y ansiosa. “Y no le dijiste de tu suicidio asistido?”, le pregunté. Ella contestó que no, y que su familia ya estaba avisada para decirle al chico que había tenido un accidente fatal.
Volví a casa, meditabunda.
Al día siguiente mis padres nos llevaron a conocer la clínica que proporcionaba el servicio para convencernos de su profesionalidad. La clínica estaba adentro de un shopping. Me maquillé con los colores más lindos de un stand de maquillaje, pero me quedaron horribles. Entramos a la clínica y vimos las habitaciones: tenían espacios para orar y habitaciones para expiar cada tipo de pecados. Me enojé porque en mi casa no somos cristianos.
Acto seguido nos subimos a un botecito de plástico que se metió por un túnel, parecido a esos juegos que se ven en los parques de diversiones estadounidenses en los que los usuarios se meten en el “túnel del terror”.
El bote nos llevaba a recorrer un mapa de todo el mundo. Reconocí un pueblo de Alemania del Sur y Venecia. Lloré cuando vi el Gran Canal veneciano.
Llamé a mi amiga, quien me contó que estaba contentísima porque en un ratito conocería a la madre de su novio. Al rato fui a ver a mi novio y darle la noticia de mi muerte próxima. Juntos intentamos pensar si había alguna manera de escapar de ese destino (y además, yo podría quedarme con la casa y vivir en una habitación mejor). Yo quería vivir.
6/13/10
La calculadora
Apretaba todos los botones para ver qué números aparecían, y pensaba “¡Qué divertido cuando postee en el blog que soñé que estaba jugando con una calculadora!”
6/10/10
En búsqueda de la lata perfecta
Había un puesto muy grande que vendía peluches y cajas. Yo quería una linda latita de metal para hacerme una atari punk console. Les pedí a mis amigas que esperaran un poquito y le pregunté al señor del negocio por unas cajitas de metal que me gustaron, pero cuando me las mostró resultaron ser de cartón forradas en bellos papeles.
Le pregunté si no tenía de metal y le indiqué el tamaño, y me invitó a ingresar al negocio para buscar una juntos.
El hombre abrió una puertita en el fondo del negocio. Nos metimos y pasamos de la luz blanca y los paneles de aglomerado a la oscuridad de un gran vestíbulo vacío y con paredes de piedra.
El hombre, que cada minuto devenía un poco más en personaje mitológico, me llevó por laberínticas habitaciones y pasadizos. Esquivamos grandes telarañas e iluminamos ratas gigantes con nuestras linternas. Para acceder a un pasillo minúsculo tenía que arrastrarme por grasa, pero le dije al señor/duende que tenía puesta una pollera que me gustaba mucho y que no me la quería ensuciar. Me hizo acordar que en mi bolsillo tenía un látigo mágico con el que podía volar por sobre la grasa.
Recorrí el resto del camino volando por sobre los obstáculos.
6/9/10
El perro de antimateria
Yo estaba terminando de contestar unas preguntas para un trabajo de la facultad, pensando en que ya me tenía que ir para no llegar tarde a la clase y calculando cuánto tardaría el viaje en tren.
Hice pis en el baño, que era igual al de mi casa, y en lugar de lavarme las manos lavé la vajilla. El escurridor estaba tan lleno de agua que mojaba el vaso y las cucharas que alguien había dejado antes para secar.
Miré debajo de la bacha y ahí estaba Kant. ¡Ah, no! ¡Kant estaba en el comedor! El que estaba en el baño era el doble de Kant, hecho de antimateria, igualito a mi perro pero con la cola cortada y un poco más amarillo. Al salir del baño, el perro siguió hacia el comedor. Kant se acercó a él para olerlo. ¡Ay, no, que no se toquen porque se van a desintegrar!
La nariz de Kant toca la nariz del impostor, pero la cancelación entre el perro positivo y el perro negativo no ocurre. Claro, al antiperro le falta un pedazo de cola y la desintegración ocurre cuando ambos cuerpos tienen la misma masa.
6/8/10
Caminata de compras
Mientras mis padres y yo volvemos caminando desde Central Park, Nueva York, hasta las cuadras que rodean mi casa, en Muñiz, Buenos Aires, ellos se disponen a comprar cosas para la comida en los negocios que están de paso. Yo me comporto como una niña: los sigo y los veo hacer sin opinar.
No sé por qué todo se ve tan oscuro y sucio. Pasamos por un videoclub de mi infancia que funcionaba en un garage: ofrece alquiler de VHS y de cartuchos de Family Game.
Nos metemos en una especie de feria o galería, y pasamos un puesto tras otro. Cada uno vende cosas distintas. Mis padres se detienen en el último y yo los observo comprar.
El negocio parece una verdulería porque los objetos a la venta están apiñados en cajones de fruta, pero no se vende ninguna fruta o verdura.
Mi mamá hurga en los cajones: levanta muffins, relojes despertadores y circuitos electrónicos y se queja de que no hay cubitos de hielo. Yo pienso que el hielo se debe haber derretido y el piso debe estar todo mojado. Miro los muffins. Usualmente pediría que me compren uno, pero éstos no se ven muy esponjosos.
Todo se ve muy ajado y sucio.